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El Pontón Piedra sobre piedra, como un gran sueño hecho realidad se eleva sobre la garganta, majestuoso, El Pontón. El camino al cementerio lleva, una vez pasado éste, hasta él. Tiene tantos años que no quedan vivos que hayan visto qué había antes allí. Pausado, pensativo, diría, observa mirando al cielo cuan despacio giran las agujas del reloj acompañado de unos muchos robles y unos pocos nogales. Mirándole fijamente, se puede adivinar desde una historia de guerras y estraperlo hasta el pasado más presente, el de ayer, cuando dos enamorados se prometían tumbados en la confortable hierba que le precede. El agua que le envuelve se divierte entre sus ojos, ora por arriba, ora por abajo, paso por aquí y se marcha garganta abajo. Un agua cristalina que vio no hace tanto como las truchas buscaban desovar en su lecho. Y él sigue allí, asombrado y asombrando, uniendo dos orillas. Una, la urbanidad, moderna aunque asentada en viejas tradiciones y la otra, esa naturaleza aparcelada por el hombre, que va recobrando su aspecto original por el abandono de sus amos y el paso del tiempo. Como un gran baúl, que guarda los recuerdos de todas esas personas que por allí pasaron y a las que no dejó indiferentes, permanece inmóvil al fondo del camino, mirando con melancolía de viejo aristócrata venido a menos. Y allí seguirá, por muchos lustros, ojalá siglos, aprendiendo de nosotros y enseñándonos que ser viejo no es indigno, que ser de piedra no es inhumano. Así es El Pontón. Autor: Ave de Paso |
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