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La huída hacia adelante Como quien da la hora, sin darse importancia, allí estaba, plácidamente sentado observando el ir y venir, el devenir como decía él, de las nubes. En ellas encontraba el reposo que anduvo buscando una juventud y media. Juventud y media en la que no se dio cuenta que lo que más ansiaba lo tenía justo delante de sus narices. Fue aquel día de invierno, nevazo en el Cabezo, hielo en las calles cuando, sin buscarlo, encontró su lugar en este mundo. No todas las vidas tienen esa sensación si quiera una vez. Y se emocionó. Se atusó su canosa barba, se quitó la gorra de paño azul que calentaba su calva y, con mucho esfuerzo se encaramó en lo alto del Carimoche. Allí, se sentó con sus piernas colgando y mientras se encendía un pitillo dejó escapar un gruñido de satisfacción: "Al fin te encontré". Y echó a reir a mandíbula batiente, mirando al cielo, como un loco en su locura. Se había empeñado esa juventud y media en huir hacia adelante, dejando atrás sólo desolación y un pasado digno de ser olvidado. Le habían convencido que la vida era ocupar un buen trabajo, conducir caros coches y hacer grandes viajes a lugares remotos que sin duda olvidaría, no dejar buen restaurante sin pisar, ni buen vino que beber. Y a conseguir todo eso había dedicado juventud y media. Y ahora, que ya le costaba más respirar que andar, disfrutar que sufrir, se había dado cuenta que su sitio no había estado en otro lugar más que allí, en la tierra que le vio nacer, crecer feliz sin ambiciones, bajo aquel cielo puro y sobre aquella tierra fértil, donde el agua, como la vida, corría entre las calles a borbotones. Autor: Ave de Paso |
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