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Figuraciones Preguntó una vecina: "¿Os vais ya?". "Sí, que mañana hay que trabajar", dijo mi madre. Nos metimos en el coche. Dejamos atrás la Gargantilla, Tres Jotas, la Crucera, y cogimos el camino de la izquierda. Al pasar por la Retuerta, tomó el volante una curva y, tras ella, aparecimos en la plaza del pueblo. Nos miramos todos y mi padre, sorprendido, decidió emprender de nuevo el camino de regreso. Superamos el Humilladero, Tres Jotas, la Crucera y, al entrar en la Retuerta, tomó el coche una curva que nos condujo, infalible, a la plaza. Nos miramos de nuevo. Repetimos la trayectoria cinco veces: el resultado fue el mismo. Yo no daba crédito: de pequeño soñaba que salíamos del pueblo en dirección a Madrid, que las carreteras eran circulares y todas llevaban una y otra vez al mismo sitio, a la plaza, que no podíamos salir de Navarrevisca, que nos quedábamos allí para siempre. Revelé el milagro a mis padres y dimos gracias no al cielo sino a la tierra porque es a ella a quien hay que agradecer las cosas, puesto que la tierra se pisa y el cielo no. Bajamos del coche y sacamos las maletas. La vecina, que cosía a la puerta, preguntó: "¿Pero no os ibais?". "No podemos", dijo mamá, "la carretera nos regresa". Satisfecho, saqué las llaves, abrí la puerta, di la luz y entramos. No nos frotamos los ojos para comprobar que era verdad lo que estábamos viendo. Nos limitamos a salir de nuevo a la calle. Allí, rodeados de farolas, jardines artificiales y vecinos hastiados tras horas de caravana, nos echamos a llorar. Yo me consolé pensando que estábamos en Madrid no porque hubiera sido todo un espejismo, sino porque siempre tiene que haber alguien que joda el final del cuento. Autor: Marramblás |
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