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Oda a Felipe Esta noche, si me lo pidieras, no te daría cama donde dormir ni boca con que comer y, a pesar de todo, a pesar de lo dicho, tengo que decirte que, hoy por hoy, no me perdonaría el no dedicar a tu miseria, a tus harapos y a tu libertad unas palabras que ya debería haber parido hace tiempo. Eres, según la jerga de un alumno al uso de la ESO, el puto amo, y ahora mismo cruzaría los dientes y la sangre en tu defensa si no fuera porque en la mayoría de las ocasiones se me olvida predicar con el ejemplo. Esta tarde has escogido tus mejores prendas. El pantalón lo encontraste en los esquejes del río, la camisa debajo de un periódico y las botas en el contenedor de basura sito en la Calle Leganés, junto a las escuelas, junto al horno o junto al puesto número 12 del antiguo mercadillo donde a veces estaba Pablo Luco, a veces Esteban y su hijo y otras un señor de Navaluenga. La gorra no la has encontrado en ningún sitio: forma parte de tu herencia. Esta tarde te has vestido con tus mejores prendas, has salido de casa y, ya en la Plaza de la Constitución, te has encontrado con un grupo de chavales, con el cartero o con un perro y, mientras te despojabas de la gorra en señal de reverencia, has entonado tu ya clásico "¡Buenos días! ¡Hace sol! Voy a ver si voy a ver...". Luego te has parado a charlar con la farola, has seguido tu camino y doblado la esquina para acabar aquí, en el contenedor de basura sito en la Calle Leganés, junto a las moscas, la sombra de las casas y la antigua tienda de ultramarinos que yo nunca vi abrir ni cerrar. Perdónanos, pues a veces se me olvida que tú no eres pobre sino humilde y que las sobras que tú recoges son las mismas que yo tiro porque no las necesito o porque no sé hacerlas útiles. Sólo tú, príncipe de los escombros y de la oscuridad, sabes dar a cada cosa el valor que verdaderamente tiene. Todo cuanto toca en ti vuelve a su origen y se reconcilia con lo que antaño pudo haber sido. Un pañal es un pañuelo de seda. Un cordel es una corbata. Una camiseta es una camisa. Un cepillo de dientes con las puntas ennegrecidas es un peine. La más putrefacta de las moscas verdes que horadan los excrementos de los perros es un ave imperial a la que, con un poco de suerte, se puede acariciar. No sé quién eres. Ignoro tu ascendencia y desconozco si alguna vez has llevado a la práctica sentimientos como el amor, el desprecio, la soledad sonora o los celos. Sé, sin embargo, que estás aquí desde tiempos inmemoriables. No sabría fechar tu edad, pero sé que mañana o pasado un par de voluntarios irán a limpiar tu casa o a sofocar el conato de incendio que, sin querer, provocaron todos los periódicos y cerillas a los que diste cobijo. Mientras limpian en tu cocina todo aquello que no sirve, marcharás refunfuñando porque en la tarea alguien te ha roto media docena de huevos. No sé quién eres pero sé que estás. Sé que de vez en cuando coges el coche de línea y vas en busca de algún familiar a pueblos vecinos. No sabes por qué entonces alguien llama a la Guardia Civil para que te vuelvan a nosotros. A lo mejor es porque te queremos tener sin tenerte. Ahí acaba tu libertad. No sabes por qué, al igual que tampoco yo sé por qué éste que escribe, éste que en principio te envidia y te admira, te dedica unas líneas en el libro de las fiestas de tu pueblo si sabe de sobra que, aunque se lo pidieras, este señorito de mierda no te dejaría dormir en su cama ni te cedería su boca para comer. Perdóname una vez más si es que eres consciente de que existen los demás. Eres, hoy por hoy, un referente moral para todo el pueblo. Eres el puto amo, pero lejos de nosotros, lejos de mí. Autor: Fernando Sánchez Calvo |